dilluns, 15 de febrer de 2010 | |

La romanización

La cohesión social y territorial de la cultura castreña explica la extraordinaria resistencia de los galaicos a la dominación romana que se prolongó durante más de un siglo cuando ésta ya se extendía por el resto de Hispania.
En el año 137 a. C., el praetor Décimo Junio Bruto inició una campaña de castigo debido a las continuas incursiones bélicas de los celtas galaicos en apoyo de los lusitanos. Tras enfrentarse con 60.000 gallaicoi en el río Duero, volvió a Roma convertido en héroe, y obtuvo el nombre de Gallaicus.
En ese mismo año las legiones romanas llegarían al río Limia, que identificaron con el río mitológico Lethes, el río del olvido, que hacía perder la memoria a quien lo atravesaba. Por eso los legionarios se resistían a cruzarlo y el praetor tuvo que pasar él primero al otro lado y fue llamando por sus nombres a cada uno de los soldados para demostrar que conservaba su memoria. El avance hacia el norte se detendría en al año siguiente al llegar al río Miño donde los gallaicoi provocaron el repliegue romano hacia el sur.
La situación se mantendría durante los siguientes cien años, sin que las esporádicas expediciones romanas consiguieran internarse más en territorio galaico. Pero los romanos estaban muy interesados en obtener metales, especialmente estaño, abundante en Galicia. Julio César protagonizó una incursión marítima en Brigantium (A Coruña), pero no consigue reducir a los galaicos del interior, que sólo fueron sometidos por Augusto (19 aC.)
Tras la pacificación, se inició el proceso de romanización. Vespasiano entre los años 64 y 70 dC, concede la ciudadanía romana a los 450.000 gallaicoi (según Plinio) aunque la cohesión social y territorial definida por los celtas en el territorio galaico se mantendría durante toda la romanización, confiriendo una especial personalidad al país.
Lentamente, los castros se van abandonando al tiempo que surgen víllae. La población incorpora las nuevas tecnologías como la arquitectura, la agricultura basada en el arado, el derecho romano o la minería. En este último aspecto cabe destacar el sistema de extracción de metales denominado ruina montium, que consistía en excavar túneles en los montes por los que se hacía circular un flujo continuo de agua que iba erosionando el área transportando en ella los minerales (especialmente oro).
Una importante aportación, que contribuiría a definir la posterior división territorial, sería la infraestructura viaria compuesta de puentes y calzadas utilizada para los desplazamientos de tropas y el transporte de mercancías. Las vías principales eran cuatro — numeradas como “XVII a XX” en el itinerario de Caracalla— y enlazaban las ciudades fundadas por Augusto con el resto de los dominios romanos. Estas tres ciudades, Lucus Augusti (Lugo), Bracara Augusta (Braga) y Asturica Augusta (Astorga) pasarían a ser la cabecera de los tres conventus (Lucensis, Bracarensis y Asturiacensis, respectivamente), que con la reforma de Diocleciano del año 298 quedarían unificados bajo una única provincia segregada de la Tarraconensis: Gallaecia.
La provincia romana de Gallaecia, era mucho más extensa que la Galicia actual, pues también comprendía el norte de Portugal, entre el Duero y el Miño, donde estaba su capital, Braga, así como Asturias, Cantabria y parte de lo que posteriormente serían los reinos de León y Castilla. Así pues, fue durante esta época cuando la Gallaecia alcanzó su máxima expansión territorial, llegando por el oriente hasta las fuentes del río Ebro.
La romanización de la cultura galaica produjo también cambios en la lengua y la religión. Pero aunque en la lengua el sustrato galaico original acabaría disolviéndose en el latín (manteniéndo las raíces de topónimos y antropónimos), en el caso de la religión el fenómeno fue el contrario, y persistieron muchas creencias célticas prerromanas o formas sincréticas.

Aportació d'en Xavier Sierra